dimecres, 10 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 9




Aaron Larkin se encontraba en el piso setenta y tres y estaba sin aliento. Había bajado hasta allí sin detenerse y, apoyado en la barandilla de la escalera, trataba de respirar. Le dolía la cabeza y tenía ganas de vomitar. Cerró los ojos y se agachó, agarrándose a los barrotes de la baranda para evitar caer hacia atrás. Sintió entonces que le temblaban las piernas, que apenas soportaban ya su peso. Al fin se dejó caer y recostó la espalda contra la pared, y echando la cabeza atrás respiró hondo. Le ardía la cara y estaba empapado en sudor, y su propio olor corporal le molestaba y mareaba. Y a pesar —o como consecuencia— de encontrarse tan mal, no dejaba de recriminarse lo imbécil que había sido al pensar que podría bajar hasta la calle como si nada. Desde las profundidades del edificio, subiendo por el hueco de las escaleras, llegaban a sus oídos gritos de horror, de fúria, de indignación, y el sonido de disparos y lo que parecían ecos de explosiones. Dios no quisiera que aquello subiera hasta él, pues en aquellos momentos se sentía incapaz de mover un solo músculo. De todas formas, aplicando la lógica, Aaron Larkin se dijo a sí mismo que era prácticamente imposible que los disturbios subieran setenta y tres pisos. Así que finalmente se relajó y se dispuso a pasar el tiempo que fuera necesario en aquel rellano, lejos del caos que se había desatado casi doscientos metros por debajo.

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