diumenge, 7 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 7




Pasó las primeras dos horas postrado en la cama, con los ojos abiertos y oteando absurdamente en la total oscuridad que lo rodeaba. Si no fuera por el colchón que sentía debajo, a su espalda, habría pensado que se encontraba flotando en medio de ninguna parte, en un espacio infinito sin estrellas o sencillamente muerto.

Sin duda Aaron Larkin tenía razones para sentirse deprimido. Toda la vida había sido un don nadie, un fracasado, el último en todas las colas. El bola de sebo del que se reían hasta los niños. Y justo entonces, cuando estaba a punto de demostrarles a todos que él también podía ser alguien, justo cuando le quedaba tan poco para terminar la programación del avatar-widget que revolucionaría el concepto de Realidad Virtual, el destino se la jugaba una vez más alargando su agonía con aquellos apagones sin sentido.

Trató de no pensar y cerró los ojos. Quería dormirse hasta que reactivaran el suministro eléctrico; permaneciendo despierto por más tiempo con sus amargos recuerdos como única compañía sólo lograría que le diera otro ataque de ansiedad, como el que sufrió durante el Primer Gran Apagón. Pero no tenía sueño y empezó a ponerse nervioso, y al fin decidió levantarse y a ciegas caminó hasta la puerta que conducía al exterior de su cubículo. No tenía claro su propósito, pero sentía que debía salir de allí. Con una mano sudorosa activó el sistema de apertura y salió al pasillo que cruzaba el edificio, iluminado a través de los amplios ventanales por la luz de las estrellas. Hacía más de un año que no pisaba aquél suelo enmoquetado y tentado estuvo de dar media vuelta, pero la sóla idea de volver a internarse en las tinieblas sofocantes de su cubículo le dio fuerzas suficientes para seguir adelante.

De repente, cuando ya estaba en mitad del pasillo, un grito llamó su atención y le obligó a volver la vista hacia el exterior, justo a tiempo para ver cruzando frente al ventanal un cuerpo precipitándose al vacío. Segundos después otros “saltadores” le siguieron, y Aaron Larkin observó el espectáculo en silencio, preguntándose qué impulsaba a aquellas personas a quitarse la vida de aquél modo. Él podía ser un fracasado, pero sentía mucho apego por su vida.

Transcurridos dos minutos, cuando creyó finalizado aquél macabro goteo de suicidas, reanudó la marcha a lo largo del interminable pasillo y poco después detuvo sus pasos frente a las puertas dobles del primer ascensor y comprobó que, evidentemente, no funcionaba. Observó el panel de control un momento y apretó algunos botones sin que sucediera nada, y sintiéndose idiota se alejó de allí cabizbajo, murmurando para sí. Contó quince pasos antes de llegar a las escaleras, que descendían adentrándose en las tinieblas. No lo tenía claro; quería llegar a la calle a pesar de que sabía que lo que encontraría no sería agradable, y para ello tenía que bajar nada más y nada menos que ciento doce pisos a pie. ¿Cuánto llevaba sin hacer el más mínimo esfuerzo físico? No lo recordaba, pero sabía que aquél descenso iba a tomarle un buen rato y a dejarle extenuado y sin fuerzas para volver a subir si surgía algún imprevisto. Volvió la vista atrás y observó el pasadizo enmoquetado, impoluto y aséptico, con los altos ventanales acristalados anti-rotura a la izquierda y la hilera de puertas de metal, todas idénticas excepto por los números, a la derecha. De repente se sintió extraño, fuera de lugar, y durante unos segundos se apoderó de él el impulso de correr de vuelta a la seguridad de su cubículo. Pero se contuvo. Nunca antes había sentido miedo de sí mismo y ahora estaba aterrado por culpa de pensamientos extraños que jamás se le habían pasado por la cabeza. Se decía a sí mismo que lo más inteligente era dar media vuelta y regresar antes de que fuera demasiado tarde, pero al mismo tiempo una voz en su interior, que sonaba cada vez con más fuerza luchando por imponerse, le instaba a bajar aquellas escaleras. Sintiéndose súbitamente mareado se apoyó en la baranda y se deslizó suavemente hasta terminar sentado en el suelo, su voluminoso trasero descansando sobre la moqueta sintética.

Habrían de pasar dos horas más hasta que Aaron Larkin se levantara y empezara a bajar aquellos ciento doce pisos con una determinación inusitada e impropia en él.

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