dilluns, 8 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 8



Jesse Avalon contemplaba conmocionado el monstruoso montón de escombros en que se había convertido su casa y la enorme aeronave envuelta en llamas y humo negro que descansaba encima, aplastada como una gigantesca lata de Coca-cola deshechada. Por el resto del jardín, en un radio de unos trescientos metros alrededor del lugar del siniestro, había esparcidos por la hierba restos  del vehículo y de lo que hasta un par de horas antes había sido su hogar. Algunos de estos ardían también, iluminando la zona como si fueran antorchas puestas ahí con ese propósito. Si no fuera porque estaba solo y porque en lugar de música solo se escuchaba el silbido del viento y el crepitar del fuego, habría podido pensar que estaba celebrando una de sus famosas fiestas.

Permaneció en pie durante un buen rato junto al ciprés de Leyland que su padre había plantado el mismo día en que nació, tan desnudo como entonces. Resultaba curioso, incluso podría decirse que divertido, comprobar como el destino jugaba con los detalles que configuraban la vida de uno para retorcerlos y entrecruzarlos en los momentos más inesperados o, mejor dicho, los más oportunos. “El destino es oportunista, hijo”, habría dicho seguramente su padre en un momento como ése. A Jesse Avalon padre, propietario de Industrias Avalon, siempre le había gustado soltar frases de ese estilo, contundentes y pretenciosas, aún cuando no vinieran a cuento.

Cuando empezó a sentir frío se acordó de su desnudez, y con la mirada buscó entre los restos que yacían esparcidos a su alrededor el montón donde había dejado la ropa que se había quitado un rato antes. Maldijo para sí cuando lo descubrió debajo de un enorme trozo de plástico negro que se retorcía entre las llamas, probablemente la mesa AKËIA que había comprado dos meses atrás, y corrió hacia allá y luchó como pudo por recuperar algo con lo que cubrirse, pero aquella noche la suerte no estaba de su parte; solo se habían salvado del fuego y el plástico fundido los calzoncillos, las botas, un calcetín y una camisa de manga corta, aunque ésta última había quedado bastante deteriorada. Se vistió con lo que tenía y echando una última mirada a los restos de su hogar cayó en la cuenta de que aquella noche había perdido todo lo que había ido acumulando a lo largo de toda su vida: recuerdos de su infancia, de sus viajes, regalos de amigos y fans, la colección de instrumentos musicales que había heredado de su abuelo y que había ido ampliando con los años... El seguro se encargaría de pagar, pero jamás podría devolverle los sentimientos que despertaban ni el significado que para él tenían muchos de aquellos objetos que en esos momentos eran devorados por el fuego.

Con resignación y el corazón encogido, Jesse Avalon se despidió en silencio de su ya inexistente hogar y emprendió el camino de piedra que cruzaba el jardín hasta las grandes puertas que daban al exterior del recinto. El único lugar al que podía ir, sin documentación y con aquél aspecto deplorable, era al piso de su madre, y para ello tendría que cruzar media ciudad; una ciudad que se había convertido en una zona de guerra a juzgar por los gritos y el eco de las detonaciones y de los disparos que el viento arrastraba hasta allí. Sería un viaje peligroso, pero suponía una alternativa a la muerte por congelación. La única alternativa, de hecho. Respiró profundamente, se frotó las manos, y aceleró el paso.

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