dimarts, 16 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 11



Los repentinos lloros, lamentos y sollozos desgarraron la paz que le había acompañado mientras bajaba los últimos pisos, haciendo que Aaron Larkin se detuviera en el acto a mitad de la escalera que llevaba al piso dieciséis. Hacía ya un buen rato que la algarada procedente de los pisos más bajos había cesado y, ya recuperado, había seguido su particular descenso a los infiernos envuelto en un silencio casi monástico, esperando encontrar la planta baja del edificio despejada o, en su defecto, sin seres vivos. Pero allá abajo había gente. Y la gente no le gustaba, y mucho menos cuando lloraban. Se sentó en la escalera sin saber qué hacer. Cuando había empezado aquella excursión sabía que tarde o temprano se toparía con alguien, pero la posibilidad de cruzarse con gente herida o conmocionada no se la había planteado. En aquél momento se sintió imbécil: la ciudad estaba sumida en el caos y él había pensado que podría bajar hasta la calle como si nada y observarlo todo como si fuera un espectador, como si estuviera en su cubículo disfrutando del último HoloMov de aventuras de su ídolo Snyder. Volvió la vista atrás y observó las escaleras que ascendían en la oscuridad. Volver a subir, a pie, ya no era una opción, se dijo meneando la cabeza. Las dos opciones que le quedaban eran, o bien quedarse ahí esperando a que restablecieran el sumistro de energía, o seguir bajando. Ninguna de las dos le agradaba y ambas entrañaban algún peligro. Si seguía allí estaba demasiado cerca de la planta baja y alguien podía subir en cualquier momento y encontrarlo, y bajar significaba exponerse a una más que probable turba de desconocidos.

Por más vueltas que le daba no lograba encontrar una salida a aquella situación, y los lloriqueos que le llegaban desde abajo no le dejaban concentrarse. Al fin, al borde de la exasperación, decidió dar media vuelta y volver a subir al menos hasta el piso veinte en busca de tranquilidad y sosiego, lo que además pondría algo más de distancia entre él y los vecinos de la planta baja aumentando, aunque fuera un poco, la sensación de seguridad que tanto necesitaba.

Pero al llegar al rellano del piso dieciocho vio algo que le hizo olvidar sus planes inmediatos: la puerta de uno de los cubículos del pasadizo estaba abierta de par en par. Detuvo sus pasos y escuchó conteniendo la respiración a la vez que escrutaba ambos lados del pasillo. No se veía movimiento y el lugar estaba silencioso como una tumba. Dejó pasar unos minutos recostado contra la pared, oculto en las sombras y tratando desde allí de ver algo en la oscuridad del cubículo, de percibir aunque fuera el más mínimo movimiento. Pero parecía que no había nadie en casa. Cuando sintió que sus piernas empezaban a agarrotarse a causa de su propio peso y de la posición en que se había quedado, pensó que había pasado un tiempo prudencial y que ya era hora de poner en marcha el nuevo plan de acción que se le había ocurrido en los últimos minutos. Abandonó las sombras y sigilosamente cruzó el pasadizo hasta llegar frente a la entrada abierta del cubículo, donde se detuvo unos segundos para asegurarse de que no había nadie en su interior. Desde allí lo primero que sintió fue el frío que salía de la estancia, y luego se dio cuenta de que podía ver dentro, aunque no perfectamente. Se asomó un poco más y entonces vio la ventana abierta al fondo, por la que entraba la tenue luz de la noche. Tras aquél descubrimiento concluyó que lo más probable fuera que el inquilino hubiera saltado hacía ya un buen rato, y sin pensarlo dos veces entró en el cubículo cerrando la puerta tras él. Luego fue hasta la ventana y la cerró también. Necesitaría que el lugar dejara de ser un frigorífico si pretendía pasar allí las próximas horas.

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