dissabte, 6 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 4



Cinco horas después de que la oscuridad cayera sobre la ciudad, las calles de Newark parecían haber vivido un bombardeo; cadáveres y sangre en las aceras y sobre el asfalto, vehículos y edificios en llamas... Aquello era un auténtico infierno, algo que ya sólo se veía en las películas y en viejos documentales de principios de siglo.

Las unidades NeoPOL se habían impuesto al fin y obligado a los ciudadanos a volver al interior de los edificios, tratando de despejar las calles para la llegada de los cuerpos médicos y los de bomberos, que poco podrían hacer sin la imprescindible y ausente electricidad.

Carla Wójcik, empuñando una katana ensangrentada, vigilaba junto a su compañero Duke Marshall la puerta principal del edificio Strazen, en cuyo vestíbulo se hacinaban cientos de ciudadanos cabreados que voceaban y golpeaban con furia los cristales de policarbonato mesmerizado anti-rotura. Duke, sudando a mares, apuntaba hacia la puerta cerrada su fusil de asalto, con el dedo en el gatillo. Carla notó su nerviosismo y rezó por que la gente del interior del edificio no lograran forzar la salida. Ya había visto demasiada muerte aquella noche.

Cuando había llegado la oscuridad repentinamente, horas atrás, Carla estaba dándose una ducha. Su unidad acababa de regresar de una patrulla de rutina a través del distrito EXT-Z-6 que les había llevado todo el día, y aunque no había habido ningún incidente digno de mención, se sentía cansada y sucia, como cada vez que volvía de la periferia. Deseaba llegar a su cubículo, conectar la TCom y olvidarse de todo mientras veía alguna serie. Pero el Segundo Gran Apagón dio al traste con sus planes y la dejó sola, desnuda y en la oscuridad total de las duchas del cuartel, de las que ya no salía ni una gota de agua. Esperó a que se restableciera la energía, empapada y enjabonada, pero pasados unos minutos empezó a tiritar a causa del frío y llegó a la conclusión de que aquel corte no era normal. Abandonó las duchas a ciegas y riendo amargamente comprobó que evidentemente los paneles de secado tampoco funcionaban. Se secó como pudo con el uniforme de repuesto de su taquilla y se vistió luego con la ropa de civil, y cuando se disponía a salir de los vestuarios para abandonar el cuartel y volver a casa se topó con Duke, que entraba desde el pasillo como una exhalación y casi la tiró al suelo.

—El Sargento ha ordenado que nos equipemos y nos preparemos para salir inmediatamente. Con el equipo de asalto nuevo. Al parecer las cosas se han puesto feas allá afuera, muy feas —dijo Duke visiblemente alterado mientras levantaba una bengala de fósforo que iluminaba la zona con su fría luz verdeazulada.

Tres minutos después Carla Wójcik se encontraba formando al lado de Duke Marshall junto a los otros treinta y ocho compañeros que constituían las cuatro unidades de la división. El Sargento Matheson iba y venía frente a la primera línea de la formación mientras vociferaba y gritaba sus órdenes:

—¡Ahí afuera hay un ejército de maricas llorones con ganas de ostias! ¡Y vosotros sois los cabrones que se las vais a dar! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡No quiero bajas! Repito: ¡no quiero bajas! ¡Cuidad de vuestro compañero y anteponed su seguridad a todo lo demás!¡Si teneis que matar a un civil, o a veinte civiles para ello, hacedlo! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡Pues salid ya, cojones! ¡Y limpiad la ciudad de escoria!

En el momento en que se abrieron manualmente las grandes puertas que daban a la calle aquello se convirtió en una locura, en una carnicería. Miles de civiles les esperaban en el exterior, enfurecidos por el recuerdo de la actuación —o mejor dicho, de la no-actuación— de la NeoPOL durante el anterior apagón, y la primera unidad tuvo que abrir fuego contra la multitud, que al ver que se abrían las puertas intentaba colarse dentro. Los destellos de los fusiles de asalto iluminaron la noche, y la reverberación de los disparos levantó ecos por toda la ciudad a la vez que segaban cientos de vidas en cuestión de segundos. Carla dio gracias a Dios por no estar en primera línea.
Cuando tuvieron despejada el área, las cuatro unidades NeoPOL salieron a la calle pasando por encima de los cadáveres y tres de ellas partieron en direcciones distintas mientras la cuarta se quedaba para asegurar la zona. Carla, mientras corría en dirección norte junto a sus compañeros de unidad, observaba a través de las paredes acristaladas de los edificios a los civiles que habían sobrevivido a la matanza, y no encontraba palabras para describir el sentimiento que transmitía la expresión de sus rostros mientras los miraban pasar. ¿Incredulidad, tal vez?

Sin un sistema de comunicación operativo que les conectara con el resto de unidades y divisiones NeoPOL, la unidad de la que formaban parte Carla y Duke recorrió la Avenida Tarconi hasta el final, ordenando a todos los ciudadanos que veían que volvieran a sus hogares, y en más de una ocasión se vieron obligados a improvisar cuando un grupo numeroso de civiles se encaraba a ellos, negándose a obedecer. Primero disparaban al aire, y si no se dispersaban simplemente cumplían las órdenes del Sargento Matheson; los compañeros de Carla, demasiado nerviosos, movidos por la adrenalina que segregaban sus cuerpos, no parecían tener inconveniente en disparar a una multitud indefensa. Incluso ella misma, recelosa, disparó y usó su katana en varias ocasiones. La prioridad era  sacar a los civiles de las calles, sin importar el método empleado para ello, y cuidar de los compañeros.

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