dijous, 25 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 12




Las horas pasaron y la confusión, la muerte y la destrucción se extendieron a lo largo y ancho de un planeta sumido en una oscuridad tecnológica para la que nadie parecía tener explicación. Sin la electricidad de la que dependían totalmente, la desesperación y la fúria de miles de millones de personas se llevaba por delante toda posibilidad de que se impusiera la cordura, y cada vez eran más los que, alienados y sin miedo a morir, se alzaban contra las fuerzas del orden, que en inferioridad de número acabaron siendo diezmadas u obligadas a replegarse al interior de sus cuarteles inexpugnables.

Y entonces, al fin, les llegó el turno a los radicales, a los antisistema, a los tecnófobos que habían sido marginados hasta entonces, y a los locos, y pudieron alzar sus banderas y gritar sus consignas, consiguiendo que mucha gente que se consideraba perdida y sin futuro se les unieran en sus particulares cruzadas. Pero aquello sólo empeoró aún más las cosas: la escalada de violencia aumentó considerablemente y la ira de las masas ya no se dirigía únicamente a las autoridades a las que se consideró culpables en un primer momento; cualquiera podía ser susceptible de un linchamiento por parte de las distintas facciones y grupos que habían tomado las calles y empezado a imponer sus propias leyes.

El caos había ganado la primera batalla y la humanidad, cegada por el terror, el odio y la ambición, ni siquiera se había dado cuenta de que estaba entrando en una nueva era que cambiaría para siempre las reglas del juego.


Aquí finaliza la 1a parte de Crónicas del Después. La historia continuará próximamente con la Parte 2 - Conciencia...

dimarts, 16 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 11



Los repentinos lloros, lamentos y sollozos desgarraron la paz que le había acompañado mientras bajaba los últimos pisos, haciendo que Aaron Larkin se detuviera en el acto a mitad de la escalera que llevaba al piso dieciséis. Hacía ya un buen rato que la algarada procedente de los pisos más bajos había cesado y, ya recuperado, había seguido su particular descenso a los infiernos envuelto en un silencio casi monástico, esperando encontrar la planta baja del edificio despejada o, en su defecto, sin seres vivos. Pero allá abajo había gente. Y la gente no le gustaba, y mucho menos cuando lloraban. Se sentó en la escalera sin saber qué hacer. Cuando había empezado aquella excursión sabía que tarde o temprano se toparía con alguien, pero la posibilidad de cruzarse con gente herida o conmocionada no se la había planteado. En aquél momento se sintió imbécil: la ciudad estaba sumida en el caos y él había pensado que podría bajar hasta la calle como si nada y observarlo todo como si fuera un espectador, como si estuviera en su cubículo disfrutando del último HoloMov de aventuras de su ídolo Snyder. Volvió la vista atrás y observó las escaleras que ascendían en la oscuridad. Volver a subir, a pie, ya no era una opción, se dijo meneando la cabeza. Las dos opciones que le quedaban eran, o bien quedarse ahí esperando a que restablecieran el sumistro de energía, o seguir bajando. Ninguna de las dos le agradaba y ambas entrañaban algún peligro. Si seguía allí estaba demasiado cerca de la planta baja y alguien podía subir en cualquier momento y encontrarlo, y bajar significaba exponerse a una más que probable turba de desconocidos.

Por más vueltas que le daba no lograba encontrar una salida a aquella situación, y los lloriqueos que le llegaban desde abajo no le dejaban concentrarse. Al fin, al borde de la exasperación, decidió dar media vuelta y volver a subir al menos hasta el piso veinte en busca de tranquilidad y sosiego, lo que además pondría algo más de distancia entre él y los vecinos de la planta baja aumentando, aunque fuera un poco, la sensación de seguridad que tanto necesitaba.

Pero al llegar al rellano del piso dieciocho vio algo que le hizo olvidar sus planes inmediatos: la puerta de uno de los cubículos del pasadizo estaba abierta de par en par. Detuvo sus pasos y escuchó conteniendo la respiración a la vez que escrutaba ambos lados del pasillo. No se veía movimiento y el lugar estaba silencioso como una tumba. Dejó pasar unos minutos recostado contra la pared, oculto en las sombras y tratando desde allí de ver algo en la oscuridad del cubículo, de percibir aunque fuera el más mínimo movimiento. Pero parecía que no había nadie en casa. Cuando sintió que sus piernas empezaban a agarrotarse a causa de su propio peso y de la posición en que se había quedado, pensó que había pasado un tiempo prudencial y que ya era hora de poner en marcha el nuevo plan de acción que se le había ocurrido en los últimos minutos. Abandonó las sombras y sigilosamente cruzó el pasadizo hasta llegar frente a la entrada abierta del cubículo, donde se detuvo unos segundos para asegurarse de que no había nadie en su interior. Desde allí lo primero que sintió fue el frío que salía de la estancia, y luego se dio cuenta de que podía ver dentro, aunque no perfectamente. Se asomó un poco más y entonces vio la ventana abierta al fondo, por la que entraba la tenue luz de la noche. Tras aquél descubrimiento concluyó que lo más probable fuera que el inquilino hubiera saltado hacía ya un buen rato, y sin pensarlo dos veces entró en el cubículo cerrando la puerta tras él. Luego fue hasta la ventana y la cerró también. Necesitaría que el lugar dejara de ser un frigorífico si pretendía pasar allí las próximas horas.

dilluns, 15 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 10



El viento helado, que bajaba de las montañas, le azotaba las piernas desnudas como el látigo de un verdugo mientras corría carretera abajo, espoleándole. Había empezado a correr para combatir el frío, pero ya hacía un buen rato que aquella estrategia había dejado de funcionar y ahora empezaba a sentir además los efectos del cansancio, que le obligaban a ralentizar la marcha. Jesse Avalon llegó a la entrada de la Autovía A12 y recuperando un poco el ánimo calculó que le quedaba algo más de un kilómetro para llegar a la ciudad; no era mucho, aguantaría. Sorteando los vehículos que habían quedado abandonados en mitad de la calzada se internó en la vía que le llevaba directamente al centro de Newark, y a tan solo tres manzanas del edificio donde vivía su madre.

Hacía seis años que no la veía, desde que se había divorciado de su padre. No era plato de su gusto el volver a verla, y menos en aquellas circunstancias, pero no le quedaba otra opción. Ya podía imaginar sus carcajadas al verlo aparecer semidesnudo en mitad de la noche, y eso no sería nada comparado con lo que se reiría cuando le contara que la mansión familiar de los Avalon había quedado reducida a escombros. Casi le daba más miedo aquél reencuentro que el adentrarse en los túneles que ya distinguía en la distancia, y que internándose en el subsuelo cruzaban la ciudad de lado a lado.

Siguió avanzando y apartó a su madre de sus pensamientos. Ya había llegado a la altura de los primeros edificios y el tronar de las armas de fuego y los gritos y explosiones le llegaban desde no muy lejos. Debía concentrarse si no quería sufrir un accidente o acabar en medio de una batalla campal. Pronto vio el primer cadáver de un “saltador” aplastado contra el cemento, al que a pocos pasos le siguieron otros. Dirigió su mirada a las alturas, observando la oscura pared del edificio más cercano. No consiguió ver el cielo ni a ningún suicida en mitad de un salto. De repente un destello blancoazulado, seguido de un trueno ensordecedor, hendió el aire al otro lado del muro que separaba la vía de la calle. Se agachó instintivamente y se escondió tras un autobús llevándose las manos a las orejas. Gritos, sollozos y pasos acelerados le llegaron desde el otro lado de la pared de hormigón, y luego el quejido de alguien, probablemente malherido. Aguardó sin moverse, a la espera, mientras subía el tono de los lamentos. Dos o tres minutos después, cuando estuvo seguro de que la zona estaba de nuevo en calma, abandonó la cobertura que le había brindado el vehículo y avanzó en silencio hasta el muro. Lo único que rompía el silencio que había caído sobre la zona era aquel quejido lastimero, que ya había adoptado un tono monótono, como una salmodia, y que empezaba a crisparle los nervios.

La entrada a los túneles que debían llevarle a través de la ciudad estaba a unos cincuenta metros, pero cayó en la cuenta de que sin luz le sería imposible cruzarlos además de que corría el riesgo de desorientarse y no poder volver a encontrar la salida. La única posibilidad que le quedaba pues era saltar aquella pared y llegar hasta la calle. No le hacía mucha gracia exponerse de aquél modo, pero el frío era cada vez más intenso y necesitaba llegar a un lugar donde guarecerse con urgencia. Con la reconfortante idea del calor de un hogar en mente —aunque fuera el de su madre—, se encaramó al techo de un todoterreno y desde allí saltó hasta la parte alta del muro. Luego se estiró apresuradamente sobre la áspera superfície de hormigón para evitar ser visto, raspándose las piernas en el proceso, y desde allí observó la calle que tenía frente a él mientras maldecía al frío, al viento que le flagelaba sus congeladas nalgas y a los pantalones que se habían quemado en el jardín horas antes.

La calle estaba desierta a excepción de varios vehículos y del tipo de los quejidos que, revolcándose en un charco de su propia sangre, trataba de levantarse a pesar de que sus piernas estaban a tres metros de distancia. Más que sentir pena o compasión, Jesse Avalon sintió asco ante la grotesca escena que se desarrollaba ante él. Decidió ignorarla y se dejó caer con cuidado hasta la calle. Luego se alejó sigilosamente del lugar; no podía hacer nada ya por aquél pobre desgraciado.

Al llegar a la primera esquina detuvo sus pasos y se asomó para comprobar que no había peligro. Aquel paseo por la ciudad, pensó, se estaba convirtiendo en el sueño de un psicópata: sobre el asfalto, frente a él y a lo largo de la calle, pudo ver montones de cadáveres masacrados. Probablemente habría más de cien. La mayoría pertenecían a civiles, pero pudo ver también algún uniforme de la NeoPOL entre los cuerpos. Luego dirigió la mirada hacia el final de la calle que se alejaba perpendicularmente hacia el este, desde donde le llegaba el sonido de lucha. Allí, a lo lejos, pudo ver varios vehículos en llamas y las siluetas de gente moviéndose y peleando a su alrededor. Parecían demasiado ocupados para fijarse en él, por lo que aprovechó para cruzar raudo la calle, saltando por encima de los muertos, y fundirse en la seguridad de las sombras impenetrables que proyectaba la esquina opuesta. Tan impenetrables que, tras dar dos pasos en su interior, tropezó con algo que había en el suelo y cayó de frente con tan mala suerte que se golpeó la cabeza contra el suelo. Un crujido sordo recorrió su cráneo, pero aún estuvo a tiempo de maldecir su mala suerte antes de perder la consciencia por segunda vez aquella noche.

dimecres, 10 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 9




Aaron Larkin se encontraba en el piso setenta y tres y estaba sin aliento. Había bajado hasta allí sin detenerse y, apoyado en la barandilla de la escalera, trataba de respirar. Le dolía la cabeza y tenía ganas de vomitar. Cerró los ojos y se agachó, agarrándose a los barrotes de la baranda para evitar caer hacia atrás. Sintió entonces que le temblaban las piernas, que apenas soportaban ya su peso. Al fin se dejó caer y recostó la espalda contra la pared, y echando la cabeza atrás respiró hondo. Le ardía la cara y estaba empapado en sudor, y su propio olor corporal le molestaba y mareaba. Y a pesar —o como consecuencia— de encontrarse tan mal, no dejaba de recriminarse lo imbécil que había sido al pensar que podría bajar hasta la calle como si nada. Desde las profundidades del edificio, subiendo por el hueco de las escaleras, llegaban a sus oídos gritos de horror, de fúria, de indignación, y el sonido de disparos y lo que parecían ecos de explosiones. Dios no quisiera que aquello subiera hasta él, pues en aquellos momentos se sentía incapaz de mover un solo músculo. De todas formas, aplicando la lógica, Aaron Larkin se dijo a sí mismo que era prácticamente imposible que los disturbios subieran setenta y tres pisos. Así que finalmente se relajó y se dispuso a pasar el tiempo que fuera necesario en aquel rellano, lejos del caos que se había desatado casi doscientos metros por debajo.

dilluns, 8 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 8



Jesse Avalon contemplaba conmocionado el monstruoso montón de escombros en que se había convertido su casa y la enorme aeronave envuelta en llamas y humo negro que descansaba encima, aplastada como una gigantesca lata de Coca-cola deshechada. Por el resto del jardín, en un radio de unos trescientos metros alrededor del lugar del siniestro, había esparcidos por la hierba restos  del vehículo y de lo que hasta un par de horas antes había sido su hogar. Algunos de estos ardían también, iluminando la zona como si fueran antorchas puestas ahí con ese propósito. Si no fuera porque estaba solo y porque en lugar de música solo se escuchaba el silbido del viento y el crepitar del fuego, habría podido pensar que estaba celebrando una de sus famosas fiestas.

Permaneció en pie durante un buen rato junto al ciprés de Leyland que su padre había plantado el mismo día en que nació, tan desnudo como entonces. Resultaba curioso, incluso podría decirse que divertido, comprobar como el destino jugaba con los detalles que configuraban la vida de uno para retorcerlos y entrecruzarlos en los momentos más inesperados o, mejor dicho, los más oportunos. “El destino es oportunista, hijo”, habría dicho seguramente su padre en un momento como ése. A Jesse Avalon padre, propietario de Industrias Avalon, siempre le había gustado soltar frases de ese estilo, contundentes y pretenciosas, aún cuando no vinieran a cuento.

Cuando empezó a sentir frío se acordó de su desnudez, y con la mirada buscó entre los restos que yacían esparcidos a su alrededor el montón donde había dejado la ropa que se había quitado un rato antes. Maldijo para sí cuando lo descubrió debajo de un enorme trozo de plástico negro que se retorcía entre las llamas, probablemente la mesa AKËIA que había comprado dos meses atrás, y corrió hacia allá y luchó como pudo por recuperar algo con lo que cubrirse, pero aquella noche la suerte no estaba de su parte; solo se habían salvado del fuego y el plástico fundido los calzoncillos, las botas, un calcetín y una camisa de manga corta, aunque ésta última había quedado bastante deteriorada. Se vistió con lo que tenía y echando una última mirada a los restos de su hogar cayó en la cuenta de que aquella noche había perdido todo lo que había ido acumulando a lo largo de toda su vida: recuerdos de su infancia, de sus viajes, regalos de amigos y fans, la colección de instrumentos musicales que había heredado de su abuelo y que había ido ampliando con los años... El seguro se encargaría de pagar, pero jamás podría devolverle los sentimientos que despertaban ni el significado que para él tenían muchos de aquellos objetos que en esos momentos eran devorados por el fuego.

Con resignación y el corazón encogido, Jesse Avalon se despidió en silencio de su ya inexistente hogar y emprendió el camino de piedra que cruzaba el jardín hasta las grandes puertas que daban al exterior del recinto. El único lugar al que podía ir, sin documentación y con aquél aspecto deplorable, era al piso de su madre, y para ello tendría que cruzar media ciudad; una ciudad que se había convertido en una zona de guerra a juzgar por los gritos y el eco de las detonaciones y de los disparos que el viento arrastraba hasta allí. Sería un viaje peligroso, pero suponía una alternativa a la muerte por congelación. La única alternativa, de hecho. Respiró profundamente, se frotó las manos, y aceleró el paso.

diumenge, 7 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 7




Pasó las primeras dos horas postrado en la cama, con los ojos abiertos y oteando absurdamente en la total oscuridad que lo rodeaba. Si no fuera por el colchón que sentía debajo, a su espalda, habría pensado que se encontraba flotando en medio de ninguna parte, en un espacio infinito sin estrellas o sencillamente muerto.

Sin duda Aaron Larkin tenía razones para sentirse deprimido. Toda la vida había sido un don nadie, un fracasado, el último en todas las colas. El bola de sebo del que se reían hasta los niños. Y justo entonces, cuando estaba a punto de demostrarles a todos que él también podía ser alguien, justo cuando le quedaba tan poco para terminar la programación del avatar-widget que revolucionaría el concepto de Realidad Virtual, el destino se la jugaba una vez más alargando su agonía con aquellos apagones sin sentido.

Trató de no pensar y cerró los ojos. Quería dormirse hasta que reactivaran el suministro eléctrico; permaneciendo despierto por más tiempo con sus amargos recuerdos como única compañía sólo lograría que le diera otro ataque de ansiedad, como el que sufrió durante el Primer Gran Apagón. Pero no tenía sueño y empezó a ponerse nervioso, y al fin decidió levantarse y a ciegas caminó hasta la puerta que conducía al exterior de su cubículo. No tenía claro su propósito, pero sentía que debía salir de allí. Con una mano sudorosa activó el sistema de apertura y salió al pasillo que cruzaba el edificio, iluminado a través de los amplios ventanales por la luz de las estrellas. Hacía más de un año que no pisaba aquél suelo enmoquetado y tentado estuvo de dar media vuelta, pero la sóla idea de volver a internarse en las tinieblas sofocantes de su cubículo le dio fuerzas suficientes para seguir adelante.

De repente, cuando ya estaba en mitad del pasillo, un grito llamó su atención y le obligó a volver la vista hacia el exterior, justo a tiempo para ver cruzando frente al ventanal un cuerpo precipitándose al vacío. Segundos después otros “saltadores” le siguieron, y Aaron Larkin observó el espectáculo en silencio, preguntándose qué impulsaba a aquellas personas a quitarse la vida de aquél modo. Él podía ser un fracasado, pero sentía mucho apego por su vida.

Transcurridos dos minutos, cuando creyó finalizado aquél macabro goteo de suicidas, reanudó la marcha a lo largo del interminable pasillo y poco después detuvo sus pasos frente a las puertas dobles del primer ascensor y comprobó que, evidentemente, no funcionaba. Observó el panel de control un momento y apretó algunos botones sin que sucediera nada, y sintiéndose idiota se alejó de allí cabizbajo, murmurando para sí. Contó quince pasos antes de llegar a las escaleras, que descendían adentrándose en las tinieblas. No lo tenía claro; quería llegar a la calle a pesar de que sabía que lo que encontraría no sería agradable, y para ello tenía que bajar nada más y nada menos que ciento doce pisos a pie. ¿Cuánto llevaba sin hacer el más mínimo esfuerzo físico? No lo recordaba, pero sabía que aquél descenso iba a tomarle un buen rato y a dejarle extenuado y sin fuerzas para volver a subir si surgía algún imprevisto. Volvió la vista atrás y observó el pasadizo enmoquetado, impoluto y aséptico, con los altos ventanales acristalados anti-rotura a la izquierda y la hilera de puertas de metal, todas idénticas excepto por los números, a la derecha. De repente se sintió extraño, fuera de lugar, y durante unos segundos se apoderó de él el impulso de correr de vuelta a la seguridad de su cubículo. Pero se contuvo. Nunca antes había sentido miedo de sí mismo y ahora estaba aterrado por culpa de pensamientos extraños que jamás se le habían pasado por la cabeza. Se decía a sí mismo que lo más inteligente era dar media vuelta y regresar antes de que fuera demasiado tarde, pero al mismo tiempo una voz en su interior, que sonaba cada vez con más fuerza luchando por imponerse, le instaba a bajar aquellas escaleras. Sintiéndose súbitamente mareado se apoyó en la baranda y se deslizó suavemente hasta terminar sentado en el suelo, su voluminoso trasero descansando sobre la moqueta sintética.

Habrían de pasar dos horas más hasta que Aaron Larkin se levantara y empezara a bajar aquellos ciento doce pisos con una determinación inusitada e impropia en él.

Parte 1 - Caos / 6



El sistema de suspensión de emergencia de la aeronave había fallado en el último momento y ésta se había estrellado contra el edificio Bilderberg ante la atónita mirada de Carla Wójcik y el resto de sus compañeros de unidad. Sintieron cómo temblaba el suelo bajos sus pies y observaron la violenta explosión antes de que llegara hasta ellos el ensordecedor estruendo, acompañado por una salvaje ráfaga de viento que transportaba polvo y pequeños fragmentos de escombros que les hizo apartar la vista a pesar de la protección que ofrecían sus cascos reglamentarios.

La aeronave, una Fly-Moon Clase Titán con capacidad para dos mil quinientos pasajeros, permaneció incrustada y en llamas en un lateral del edificio a una altura aproximada de seiscientos metros durante lo que a Carla le parecieron unos segundos eternos, en que todas las miradas observaban aquél impresionante espectáculo en mitad de un silencio sepulcral. Pareció que el tiempo se había detenido hasta que, repentinamente, la estructura del Bilderberg no pudo soportar el peso extra de aquella máquina descomunal clavada en sus entrañas y con un ensordecedor e interminable crujido, fue tragado por una inmensa columna de humo y fuego que iluminó toda la ciudad.

Carla oyó la voz de Duke pronunciando su nombre, pero se sentía incapaz de moverse o de hablar: estaba en estado de shock. Sintió que alguien la cogía por un brazo y la obligaba a caminar, alejándola de la calle y de la nube de polvo que avanzaba hacia ellos engullendo todo a su paso por la avenida. Perdió la noción del tiempo y, cerrando los ojos, se dejó llevar arrastrando los pies. Cuando los volvió a abrir estaba en el suelo, recostada contra una pared, y varios NeoPOL —entre ellos Duke— la rodeaban y de espaldas a ella disparaban sus armas y gritaban como locos. Carla Wójcik, incapaz de sentir nada, fijó entonces sus ojos en un punto del suelo y el estallido de las armas y los gritos de sus compañeros se fueron desvaneciendo hasta desaparecer por completo.

Posiblemente, de haber sido capaz Carla de sobreponerse a aquella noche de muerte y destrucción, si su cerebro hubiera aguantado la presión un rato más antes de desconectarse, la unidad Taurus del Distrito 2 de Newark no habría desaparecido en combate.

dissabte, 6 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 5



Jesse Avalon, tumbado sobre la hierba, observaba con curiosidad como un enorme cuerpo oscuro descendía por el cielo ocultando las estrellas a su paso. Lo observó con más atención al parecerle que aquello —fuera lo que fuese— iba creciendo, y se levantó rápidamente al comprobar que crecía cada vez a mayor velocidad; aquella cosa era gigantesca, y trazaba una curva descendente en su dirección. Maldijo y empezó a alejarse, desnudo como estaba, de su trayectoria. Ya corriendo, lanzó una mirada por encima del hombro derecho y horrorizado soltó un gritito al ver que habían desaparecido todas las estrellas que segundos antes flotaban sobre su mansión. Y entonces, en el instante que precede a un suspiro, la mansión saltó por los aires envuelta en una gran explosión que iluminó la noche. Metal, piedra y fuego volaron en todas direcciones, y la brutal onda expansiva catapultó a Jesse por los aires, que acabó golpeándose contra el tronco del ciprés de Leyland del que tan orgulloso había estado su padre. Jesse quedó inmóvil en el suelo, con la mirada fija en las llamas que se alzaban entre los escombros de lo que minutos antes había sido la mansión familiar hasta que perdió la consciencia.

Mientras tanto en la ciudad los disturbios iban en aumento, y los primeros “saltadores” empezaban a abandonar sus cubículos por las ventanas. Y en los cuarteles, repartidos por los distintos distritos, las unidades NeoPOL recibían  órdenes de sus superiores y se mentalizaban para la que había de ser la peor noche de sus vidas.

Parte 1 - Caos / 4



Cinco horas después de que la oscuridad cayera sobre la ciudad, las calles de Newark parecían haber vivido un bombardeo; cadáveres y sangre en las aceras y sobre el asfalto, vehículos y edificios en llamas... Aquello era un auténtico infierno, algo que ya sólo se veía en las películas y en viejos documentales de principios de siglo.

Las unidades NeoPOL se habían impuesto al fin y obligado a los ciudadanos a volver al interior de los edificios, tratando de despejar las calles para la llegada de los cuerpos médicos y los de bomberos, que poco podrían hacer sin la imprescindible y ausente electricidad.

Carla Wójcik, empuñando una katana ensangrentada, vigilaba junto a su compañero Duke Marshall la puerta principal del edificio Strazen, en cuyo vestíbulo se hacinaban cientos de ciudadanos cabreados que voceaban y golpeaban con furia los cristales de policarbonato mesmerizado anti-rotura. Duke, sudando a mares, apuntaba hacia la puerta cerrada su fusil de asalto, con el dedo en el gatillo. Carla notó su nerviosismo y rezó por que la gente del interior del edificio no lograran forzar la salida. Ya había visto demasiada muerte aquella noche.

Cuando había llegado la oscuridad repentinamente, horas atrás, Carla estaba dándose una ducha. Su unidad acababa de regresar de una patrulla de rutina a través del distrito EXT-Z-6 que les había llevado todo el día, y aunque no había habido ningún incidente digno de mención, se sentía cansada y sucia, como cada vez que volvía de la periferia. Deseaba llegar a su cubículo, conectar la TCom y olvidarse de todo mientras veía alguna serie. Pero el Segundo Gran Apagón dio al traste con sus planes y la dejó sola, desnuda y en la oscuridad total de las duchas del cuartel, de las que ya no salía ni una gota de agua. Esperó a que se restableciera la energía, empapada y enjabonada, pero pasados unos minutos empezó a tiritar a causa del frío y llegó a la conclusión de que aquel corte no era normal. Abandonó las duchas a ciegas y riendo amargamente comprobó que evidentemente los paneles de secado tampoco funcionaban. Se secó como pudo con el uniforme de repuesto de su taquilla y se vistió luego con la ropa de civil, y cuando se disponía a salir de los vestuarios para abandonar el cuartel y volver a casa se topó con Duke, que entraba desde el pasillo como una exhalación y casi la tiró al suelo.

—El Sargento ha ordenado que nos equipemos y nos preparemos para salir inmediatamente. Con el equipo de asalto nuevo. Al parecer las cosas se han puesto feas allá afuera, muy feas —dijo Duke visiblemente alterado mientras levantaba una bengala de fósforo que iluminaba la zona con su fría luz verdeazulada.

Tres minutos después Carla Wójcik se encontraba formando al lado de Duke Marshall junto a los otros treinta y ocho compañeros que constituían las cuatro unidades de la división. El Sargento Matheson iba y venía frente a la primera línea de la formación mientras vociferaba y gritaba sus órdenes:

—¡Ahí afuera hay un ejército de maricas llorones con ganas de ostias! ¡Y vosotros sois los cabrones que se las vais a dar! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡No quiero bajas! Repito: ¡no quiero bajas! ¡Cuidad de vuestro compañero y anteponed su seguridad a todo lo demás!¡Si teneis que matar a un civil, o a veinte civiles para ello, hacedlo! ¿Entendido?

—¡Sí, Sargento!

—¡Pues salid ya, cojones! ¡Y limpiad la ciudad de escoria!

En el momento en que se abrieron manualmente las grandes puertas que daban a la calle aquello se convirtió en una locura, en una carnicería. Miles de civiles les esperaban en el exterior, enfurecidos por el recuerdo de la actuación —o mejor dicho, de la no-actuación— de la NeoPOL durante el anterior apagón, y la primera unidad tuvo que abrir fuego contra la multitud, que al ver que se abrían las puertas intentaba colarse dentro. Los destellos de los fusiles de asalto iluminaron la noche, y la reverberación de los disparos levantó ecos por toda la ciudad a la vez que segaban cientos de vidas en cuestión de segundos. Carla dio gracias a Dios por no estar en primera línea.
Cuando tuvieron despejada el área, las cuatro unidades NeoPOL salieron a la calle pasando por encima de los cadáveres y tres de ellas partieron en direcciones distintas mientras la cuarta se quedaba para asegurar la zona. Carla, mientras corría en dirección norte junto a sus compañeros de unidad, observaba a través de las paredes acristaladas de los edificios a los civiles que habían sobrevivido a la matanza, y no encontraba palabras para describir el sentimiento que transmitía la expresión de sus rostros mientras los miraban pasar. ¿Incredulidad, tal vez?

Sin un sistema de comunicación operativo que les conectara con el resto de unidades y divisiones NeoPOL, la unidad de la que formaban parte Carla y Duke recorrió la Avenida Tarconi hasta el final, ordenando a todos los ciudadanos que veían que volvieran a sus hogares, y en más de una ocasión se vieron obligados a improvisar cuando un grupo numeroso de civiles se encaraba a ellos, negándose a obedecer. Primero disparaban al aire, y si no se dispersaban simplemente cumplían las órdenes del Sargento Matheson; los compañeros de Carla, demasiado nerviosos, movidos por la adrenalina que segregaban sus cuerpos, no parecían tener inconveniente en disparar a una multitud indefensa. Incluso ella misma, recelosa, disparó y usó su katana en varias ocasiones. La prioridad era  sacar a los civiles de las calles, sin importar el método empleado para ello, y cuidar de los compañeros.

dilluns, 1 de novembre de 2010

Parte 1 - Caos / 3



Los ciudadanos, enajenados, habían abandonado sus hogares y recorrían las calles a oscuras sorteando los vehículos inmovilizados y los cadáveres de los “saltadores” que ya empezaban a amontonarse en las aceras. Unos gritaban, otros lloraban o rezaban, y muchos peleaban entre sí, como si aquello fuera a darles una respuesta a aquél horror. Al mismo tiempo, en los barrios de nivel 3 de la periferia, conocidos popularmente como los Barrios Olvidados, tiendas y comercios eran saqueados y todo el mobiliario urbano destruído sistemáticamente. Todo lo que se había reconstruido desde el anterior apagón fue destruído en cuestión de horas. Pero la cosa no quedó ahí, pues el Segundo Gran Apagón ya no pilló a todos por sorpresa y algunos, radicales, ecologistas, miembros de sectas extrañas y psicópatas en su mayoría, que habían pasado todo el mes soñando con la posibilidad de que otro incidente similar pudiera volver a darse, ya tenían planes para ese gran acontecimiento. Con lo que no contaban éstos fue con que la NeoPOL ya había preparado un plan de contingencia alternativo para no tener que aguantar nuevas críticas, insultos y castigos como los recibidos tras el Primer Gran Apagón por su cobarde actuación, y el último mes todas las unidades habían sido entrenadas en el uso de antiguas armas de asalto con fuego mortal, y de armas cuerpo a cuerpo bastante más peligrosas y definitivas que  las porras eléctricas. Tásers, quásers y el resto del armamento reglamentario, inútiles, quedarían guardados en sus cajones. El Director en Jefe de la NeoPOL mundial lo había dejado muy claro a todas las divisiones: “Proteger la vida de vuestros compañeros es prioritario. Y si para ello teneis que arrasar todo un barrio, lo arrasais.”