dijous, 7 de juliol de 2011

Parte 2 / Conciencia 7


—Nada, Vito. Lo mismo que en los demás: dispositivos totalmente inútiles y dos civiles muertos —voceó uno de los dos hombres junto al coche.

—Esto es una pérdida de tiempo, comps, deberíamos dirigirnos a las afueras ahora que ya tenemos las armas y munición de sobra —añadió el otro, alejándose del vehículo en dirección al resto del grupo.

Sólo cuando percibió que el otro le seguía, un Jesse tembloroso se atrevió a levantar un poco la cabeza para ver qué sucedía a su alrededor. Aún no se terminaba de creer que no le hubieran descubierto. Hacía escasos minutos, cuando se había metido apresuradamente en el asiento trasero del vehículo, enterrándose como pudo bajo el cadáver que encontró allí, no las tenía todas consigo; creía que registrarían los supuestos cadáveres. Pero su ardid había funcionado y ahora sólo tenía que esperar un poco más hasta que se largaran.

El encuentro con aquél grupo de rapiñadores le había afectado más de lo que en un principio creía posible. Aquél era un elemento más que le confirmaba lo jodidas que estaban las cosas. ¿Cómo podía ser que, una sociedad avanzada y al borde de la utopía como la suya, hubiera caído en tan sólo unas pocas horas? ¿Porqué el Gobierno, después del Primer Gran Apagón, no había diseñado un plan de emergencia que los salvara de aquél desastre? Tenía que haber alguien detrás de aquello, se dijo, era la única explicación. Tal vez la Nueva Liga Asiática (NLA), aunque lo veía improbable ya que el Primer Gran Apagón había afectado a todo el planeta, incluídos ellos, o el Ejército Yihad, a pesar de que aquello les venía, quizás, demasiado grande. ¿Quién entonces?

Un ruido a su espalda, junto al coche, le sobresaltó y le hizo perder el hilo de sus pensamientos al instante. Por el rabillo del ojo, al volver a ocultarse, vio la silueta de alguien que caminaba despacio, casi arrastrando los pies, en la misma dirección que él llevaba antes de verse obligado a ocultarse. ¿Era otro carroñero? Le había parecido que sólo dos se habían acercado hasta allí, pero no podía estar seguro y por si acaso permaneció oculto hasta que este último se alejó también. Aunque no perteneciera a los saqueadores, más le valía no correr riesgos con nadie.

Dejó pasar unos segundos y volvió a incorporarse para espiar a través del cristal delantero. El grupo de carroñeros no se veía ya por ninguna parte; debían haberse metido en uno de los edificios cercanos mientras había estado sumido en sus pensamientos y no se había dado cuenta, pero en su lugar vio a un NeoPOL alejándose por la avenida. Una NeoPol, rectificó para sí mismo inmediatamente. Tras observar detenidamente sus movimientos por unos segundos, se había percatado del leve contoneo que hacía al caminar y, las formas que se adivinaban bajo el uniforme militar, le confirmaron que se trataba de una mujer.

La NeoPOL caminaba directamente hacia el lugar donde hacía escasos minutos estaban aquellos tipos registrando cadáveres. Ya no estaban a la vista, pero no podían andar lejos, y el pensamiento de salir y llamarla cruzó por su mente una milésima de segundo, pero finalmente lo desestimó y siguió en su escondite. Tampoco se fiaba de las fuerzas del órden, si es que aún se las podía llamar así después de todo lo que había sucedido aquella noche.

Al verla llegar a la altura donde recordaba haber visto a aquellos tipos por última vez, Jesse cruzó los dedos inconscientemente y se alzó un poco más en dirección al cristal, expectante. Y entonces los vio salir de un edificio próximo. Lo abandonaron mientras hablaban entre risas, señalando el bulto que llevaba entre los brazos uno de ellos. Se detuvieron al llegar al centro de la calzada situándose justamente entre la NeoPOL y Jesse, que la perdió de vista momentáneamente. Y entonces, de repente, todos callaron. La NeoPOL se había vuelto hacia ellos al escucharlos y, en ese momento, les apuntaba con un arma de fuego parecida a la que Jesse tenía oculta bajo la chupa Salbiant. Los hombres, sin necesidad de que ella dijera nada, empezaron a moverse lentamente distanciándose unos de otros y, separando los brazos del cuerpo, dejaron caer sus armas al suelo.

Luego, los cuatro se llevaron las manos a la nuca y se arrodillaron mientras ella se les acercaba poco a poco, mirándoles uno a uno al rostro como si esperara reconocerlos.

—¡Suelta el arma, zorra! —gritó alguien desde la sombras, junto a los edificios —¡O te reviento!

En ese momento, Jesse se maldijo al recordar que eran cinco los saqueadores, no cuatro. Por un momento había creído que aquella mujer lo tenía todo bajo control, pero nada más lejos de la realidad. Aquello iba a acabar mal y la NeoPOL tenía todos los números de no ver un nuevo día.

Jesse intentó armarse de valor y salir en su ayuda, pero estaba paralizado.

—¿A cuántos de tus amigos crees que volaré la cabeza antes de que me tumbes? —le llegó la voz de la mujer, distorsionada por el casco reglamentario que llevaba, que no dejó de apuntar a los hombres que tenía arrodillados frente a ella. Jesse tuvo que reconocer entonces que esa NeoPOL tenía un buen par de cojones.

—¡Que la sueltes, joder! —volvió a gritar el hombre, que se había adelantado un poco abandonando las sombras que antes le protegían.

—¿Por cuál quieres que empiece, dices? —preguntó ella, con la frialdad de alguien acostumbrado a situaciones como aquella. El hombre avanzó unos metros en su dirección con el arma en alto y a Jesse le pareció, desde donde estaba, que no las tenía todas consigo —Si dejas el arma en el suelo podemos hacer ver que aquí no ha pasado nada y podréis marcharos todos. No tengo intención de deteneros. Sólo quiero seguir mi camino en paz —añadió, mirando al tipo pero sin dejar de apuntar a los otros.

El hombre se detuvo y miró a sus compañeros. Se le veía realmente acojonado, aún desde la distancia.

—Haz lo que te dice, joder —dijo al fin uno de los cuatro, el que había ordenado antes a Anwar y Craig que registraran el vehículo desde donde Jesse observaba la escena.

Y, tras un último instante de duda, el saqueador dejó caer el arma, y el sonido del golpe seco contra el suelo hizo dar un respingo a Jesse. Aquello parecía poner punto final a la función.

Segundos después, tras ella alejar las armas a patadas, observó a aquellos hombres levantarse y alejarse con aspecto derrotado, sin tan siquiera volver la vista atrás. Aquella mujer les había humillado, pensó Jesse, mirándola con admiración, pero en aquél nuevo mundo que empezaba a perfilarse, la humillación debía ser por fuerza un mal menor.

Cuando la NeoPOL se convirtió en una diminuta y lejana silueta, Jesse decidió que ya había esperado suficiente y abandonó su escondrijo. Esperaba poder recorrer las dos manzanas que le separaban del edificio donde vivía su madre sin sufrir más contratiempos pero, por si acaso, empezó a correr todo lo deprisa que podía.

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