dijous, 16 de juny de 2011

Parte 2 / Conciencia 4



El perro parecía seguirlo a cierta distancia a través de la ciudad muerta y, aunque al principio trató de espantarlo sin éxito, luego pensó que quizás no fuera mala idea llevarlo con él. El animal podría serle de ayuda, sobre todo si se acercaban a otros. Había leído hacía años que los perros tenían un olfato y un oído más desarrollado que el de los seres humanos y que, antiguamente, la policía los había utilizado para encontrar personas perdidas o alijos de droga, cuando ésta era aún ilegal. Y antes de que a cada ciudadano, nada más nacer, se le colocara un chip de localización, claro.

Jesse Avalon siguió caminando por el centro de la calle desierta a excepción de él mismo, su nuevo compañero canino y los montones de cadáveres que empezaban a apestar como mil demonios bajo el sol abrasador del mediodía. Llevaban más de una hora avanzando en dirección al centro de la ciudad y aún no se habían cruzado con nadie vivo. Todo aquello era muy extraño. No podía ser que todos en la ciudad hubieran perecido. Tal vez, mientras él yacía inconsciente, se había evacuado la ciudad. Aunque, por la cantidad de cadáveres que se amontonaban en las calles o descansaban para siempre en el interior de los vehículos enmudecidos, no parecía probable. Más bien parecía que Newark hubiera sido víctima de un ataque militar la noche anterior. Tan sólo esperaba que, ocultos en los edificios, hubiera más supervivientes y que estos permanecieran allí sin dar señales de vida a causa del miedo.

Alejó esos pensamientos temporalmente y detuvo sus pasos al ver el cartel que señalaba el cruce de Central con la calle Meridian. El apartamento de su madre estaba tan sólo a dos manzanas de allí. Aún mantenía la esperanza de encontrarla con vida y se aferró a ella al reemprender con paso vivo la marcha.

Y entonces, unos pocos pasos después, los vio. Estaban unos doscientos metros más adelante y parecían rebuscar entre los cadáveres. Rápidamente, dejándose llevar por un instinto de conservación que desconocía que tenía, se ocultó detrás de un coche y aguantó la respiración mientras estrujaba con fuerza el fusil de asalto que tenía entre las manos. No parecía que le hubieran visto.

Pasados unos segundos, ya más calmado, asomó la cabeza por un costado del vehículo y comprobó que seguían ahí. Eran cinco, iban bien armados y al parecer estaban registrando los cuerpos de los difuntos en busca de algo; probablemente armas, munición, quizás dinero, pensó. Aquellos tipos le dieron muy mala espina. Se volvió, intentando encontrar una ruta segura para alejarse de allí sin ser visto y comprobó que su compañero de cuatro patas se había desvanecido; le había abandonado a su suerte sin tan siquiera advertirle del peligro. De menuda ayuda le había sido. Luego, una vez hubo asimilado que volvía a estar solo, comprobó que la esquina más cercana, tras la que podría ocultarse y alejarse de aquellos carroñeros, estaba a unos diez metros de distancia volviendo por donde había venido y se maldijo por haber tomado la absurda decisión de avanzar por el centro de la calle: estaba demasiado lejos y, sin duda, le verían si intentaba cruzar la calle hasta allí. Tratando de no ponerse más nervioso de lo que ya estaba, Jesse tomó la determinación de permanecer inmóvil y en silencio, como si formara parte del paisaje. Desde donde se encontraba podía controlar sus movimientos sin que le vieran y, probablemente, se dijo, no tardarían en largarse.

Desgraciadamente, pasado un tiempo indeterminado, comprobó que el sonido de sus voces se iba acercando a su posición y, tras echar un vistazo fugaz a través de una de las ventanillas del vehículo confirmó que aquellos tipos avanzaban directamente hacia él. Gotas de sudor, calientes, incómodas, le resbalaban por el rostro y el cerebro parecía arderle intentando dar con una salida a aquella situación. Pero no la encontró y permaneció allí, aferrando el arma, como un náufrago se aferraría a un tablón en mitad del océano embravecido, y deseando con todas sus fuerzas que algo les hiciera cambiar de dirección antes de llegar hasta él.

Poco después una voz, esta vez más cercana y perfectamente audible, dijo, aniquilando despiadadamente las pocas esperanzas que le quedaban a Jesse de pasar desapercibido:

—Anwar, Kraig, mirad en ese coche. Puede que haya algo que nos sirva.

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