dijous, 30 de juny de 2011

Parte 2 / Conciencia 6


Llevaba más de una hora caminando sin rumbo y sin ver a otro ser vivo cuando cayó en la cuenta de que no llevaba nada con él. Había salido de su cubículo después de más de un año de aislamiento voluntario y ni siquiera había cogido sus tarjetas. Y empezaba a tener hambre. Y sed. Aunque claro, pensó, de poco le habrían servido en las actuales circunstancias. ¿De dónde se suponía que sacaría comida y bebida? Los dispensadores de alimentos de la ciudad no funcionarían sin electricidad, ni parecía factible que volvieran a hacerlo en breve. El pánico comenzó de nuevo a hacer mella en él: si a algo temía Aaron Larkin por encima de todas las cosas era a morir de inanición.

Se recompuso empleando toda su fuerza de voluntad, trató de no pensar en los ruiditos que su estómago hacía de tanto en tanto y siguió caminando. Siempre, si no quedaba otra alternativa, podría caminar hasta los Barrios Olvidados, se dijo, tratando de convencerse a sí mismo de que las cosas no estaban tan mal en realidad. Allí aún existían tiendas como las de principios de siglo, donde se almacenaban alimentos y artículos diversos para su venta directa. Oficialmente, según TransmaGoods, la multinacional que tenía la exclusividad sobre la transmaterialización, la tecnología que permitía a los ciudadanos recibir directamente en sus domicilios todo tipo de objetos y alimentos con sólo pulsar un par de teclas, no había cobertura suficiente ni segura en los sectores exteriores de Newark, aunque la realidad era bien distinta: la periferia había sido considerada zona de alto riesgo por la compañía.

Como en otros muchos puntos del planeta, cuando a principios de los años 30 TransmaGoods comenzó a implantar su nueva y revolucionaria tecnología, en la periferia de Newark la aparición de los dispensadores no fue tan bien recibida como se esperaba: el asesinato y el secuestro de algunos equipos técnicos, sumados a la desmantelación sistemática de las primeras unidades instaladas para la posterior venta de sus componentes en el mercado negro, pronto convenció a los directivos de que era mejor aparcar la idea inicial de implantar su tecnología en todo el mundo de forma indiscriminada. El resto es historia.

Cuando se quiso dar cuenta, Aaron ya estaba cruzando el puente Melville Frost, sobre el caudaloso río Passaic, y se sintió primero extrañado y luego aliviado al caminar al fin por un tramo libre de cadáveres; lo único que atestiguaba lo que había sucedido los últimos días eran los vehículos que habían quedado abandonados aquí y allá. No sin esfuerzo se encaramó al techo de uno de ellos e inspiró con fuerza. Observó un rato las aguas limpias, casi cristalinas, que descendían con fuerza bajo sus pies directamente hacia la bahía, y se preguntó absurdamente si la Tierra volvería a pertenecer otra vez a los peces cuando él muriera. Luego volvió la vista hacia los edificios que se alzaban en la orilla al otro extremo del puente. Tras ellos estaba el centro de la ciudad y quizás también otros supervivientes. Más le valía encontrar a alguien pronto o se volvería loco, pensó amargamente, y de un salto descendió del vehículo. Aquello había sido temerario y absolutamente innecesario, se recriminó, consciente de que podría haberse torcido un tobillo o algo peor, pero aquella estupidez le había hecho sentirse vivo de nuevo. Y, tratando de mantener aquél sentimiento, diciéndose a sí mismo que aún era pronto para rendirse, comenzó a caminar de nuevo hacia la ciudad con un ímpetu inusitado en él.

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