divendres, 29 d’octubre de 2010

Parte 1 - Caos / 2




Jesse Avalon y los Mercenarios del Ghetto, con la colaboración especial –y virtual- de Wolfgang Amadeus Mozart y la Filarmónica de Viena, estaban tocando su último hit Déjame vivir en un mundo real para 27 millones de espectadores cuando tuvo lugar el Segundo Gran Apagón. Todas las pantallas que transmitían el concierto, ubicadas en millones de hogares repartidos por todo el globo terráqueo, se apagaron de repente al tiempo que se perdía la conexión y la voz del cantante daba paso al silencio más absoluto. Jesse se levantó hecho una furia tras un instante de desconcierto, y en la oscuridad reinante maldijo para sí antes de volver a sentarse; aquello no duraría más de unos segundos, se dijo intentando serenarse, lo mejor sería esperar junto al ordenador para retomar el concierto en cuanto se restableciera el suministro de energía. El resto de integrantes del grupo, cada uno frente a sus respectivos ordenadores, llegarían a la misma conclusión y permanecerían atentos y preparados, estaba convencido de ello. Pero los minutos pasaron, uno detrás de otro, y cuando se quiso dar cuenta había pasado una hora, y entonces, un cada vez más nervioso Jesse Avalon recordó el apagón de hacía un mes y los tres días de oscuridad tecnológica que le siguieron. Jesse Avalon tenía veintiseis años. Era joven, famoso, obscenamente rico y algo descerebrado, pero tenía buena memoria, y no recordaba un corte de luz que se alargara más de un minuto hasta el Primer Gran Apagón del pasado 13 de noviembre. Se suponía que la tecnología basada en los nanotaquiones, que se utilizaba desde hacía más de 30 años y que había sustituido a la antigua red de eléctrica en todo el mundo, era tan estable y segura que debía evitar que el mundo se parara más de un minuto. Pues bien, no había que ser muy listo para percatarse, a la vista estaba, de que aquella tecnología había dejado de dar resultado.

Poco después Jesse estaba bañado en su propio sudor. El aire acondicionado hacía ya demasiado que se había apagado y el ambiente empezaba a notarse cargado y enrarecido. La oscuridad era total y empezó a pesar a su alrededor, como si tuviera consistencia, y de repente empezó a sentir punzadas de claustrofobia; le empezaba a costar respirar. Necesitaba salir de allí cuanto antes. Se levantó de la silla y, tomando las paredes y muebles con que se iba topando como referencia, avanzó torpemente hasta la puerta que llevaba al exterior del edificio. La abrió y se detuvo en el umbral, atónito ante el fantástico espectáculo que la naturaleza desplegaba ante sus ojos mientras respiraba el aire fresco de la noche. Nunca antes había presenciado un cielo como aquél, tan infinitamente oscuro y luminoso al mismo tiempo. La ciudad de Newark, totalmente a oscuras a lo lejos, se recortaba en el cielo estrellado como una gigantesca y negra mole innatural, como una descomunal garra de cemento, plástico y acero que alzándose miles de metros tratara de alcanzar la luna.

Disfrutando de aquél maravilloso e inquietante espectáculo, Jesse se olvidó del concierto y decidió dar un paseo por los jardines que rodeaban su mansión, sin más iluminación que la del cielo estrellado y con el sonido del viento y el intermitente canto de los grillos por banda sonora. No recordaba haber vivido un momento así en toda su vida; tanta paz, tanta tranquilidad... Y ningún sonido artificial que perturbara la perfección de aquella melodía de la naturaleza que lo envolvía, que parecía acunarlo a cada paso que daba. De repente se detuvo, y en un arranque de lucidez se quitó la ropa y se sentó en la hierba completamente desnudo, y acariciándola con las yemas de los dedos cerró los ojos y respiró profundamente, llenando sus pulmones con el aire fresco y puro de aquella, una noche que la humanidad recordaría durante siglos; la noche en que el mundo cambió para siempre; la noche en que Jesse Avalon entró en comunión con Gaia, la Madre Tierra, por primera vez.

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