divendres, 29 d’octubre de 2010

Parte 1 - Caos / 1




Aaron Larkin había pasado los últimos veintitrés años frente a la pantalla de un ordenador más de doce horas diarias. Conocía el software instalado como si lo hubiera programado él mismo, conocía todos los lenguajes, todos los atajos, todas las líneas de código, todos y cada uno de los procesos que se ejecutaban en primer, segundo y hasta tercer plano. Y cuando, el 13 de noviembre del 2067 tuvo lugar el Primer Gran Apagón, sufrió primero un ataque de ansiedad y se sumió luego, pasadas unas horas sin que volviera la luz, en una depresión que le mantuvo en cama durante los tres días que duró el apagón, sin comer ni beber, envuelto en la total oscuridad de su cubículo sin ventanas y en absoluto silencio excepto por su propia respiración. Cuando al fin despertó, febril y sediento pasados los tres días, la luz ya había vuelto, y caminando como un zombi se dirigió a la pequeña fuente que salía de la pared de metal y bebió hasta que le dolió la tripa. Luego dirigió sus pasos hasta el baño y arrodillándose sobre la taza vomitó agua y bilis y se quedó allí un tiempo, tratando de recuperar fuerzas, temblando. Lo siguiente que hizo tras levantarse fue caminar hasta el dispensador de la pared y tecleando las instrucciones adecuadas hizo que aparecieran ante él, sobre la bandeja de materialización, dos pastillas de color rosa, un plato de espaguetis al pesto y un Big Huggies con sabor a melocotón. Recogió la bandeja y caminando hacia el ordenador pronunció con voz débil la órden para que se encendiera. Al ver encenderse la luz de la pantalla sintió que empezaba a sentirse mejor; en cuanto hubiera comido estaría como nuevo y podría seguir trabajando como si no hubiera pasado nada, pensó.

Aaron Larkin no era un hombre curioso, ni lo era entonces ni lo había sido nunca. Apenas si había salido una decena de veces del edificio donde vivía desde hacía quince años; lo único que despertaba su interés, su herramienta de trabajo, estaba en su cubículo, no necesitaba nada más. De haber sido una persona con un mínimo de curiosidad en su interior habría encendido la unidad TCom, cuya pantalla ocupaba por completo la única pared vacía del cubículo, y se habría enterado de lo que había sucedido en el mundo exterior durante los tres días que había pasado sumido en la oscuridad y la autocompasión. Y el Segundo Gran Apagón no le habría pillado por sorpresa.

Las primeras horas después del Primer Gran Apagón habían sido críticas, y en aquella sociedad dependiente por completo de la electricidad y la tecnología se desató el caos. Muchos imitaron a Aaron Larkin y permanecieron en sus hogares esperando a que se solucionara el problema, pero fueron muchos más los que, indignados, salieron a las calles y manifestaron su descontento de la única forma que podían, con violencia. Pasadas las primeras veinticuatro horas, mucha gente ya no aguantó más y empezó la ola de suicidios conocida desde entonces como la “Lluvia de saltadores”. Los “saltadores” eran los suicidas que se arrojaban desde las ventanas de sus cubículos para acabar aplastados contra el asfalto que cubría las calles; unos veían saltar a otros y éstos a su vez los imitaban, convirtiendo aquello en un espectáculo dantesco interminable. Mientras, las unidades NeoPOL, que sin la electricidad de su lado perdían un porcentaje demasiado elevado de efectividad, permanecieron atrincheradas en sus cuarteles, a la espera de unas órdenes de la Central que no podían llegar.

Pero lo que nadie supo hasta que volvieron a funcionar los gigantescos generadores nucleares tres días después y las comunicaciones fueron restablecidas, era que aquél apagón había sido a escala mundial. Incluso las ciudades más aisladas del planeta, como por ejemplo Nueva Barcelona en el casquete polar ártico, que contaban con generadores independientes, se habían quedado sin electricidad en el mismo instante y durante el mismo tiempo que el resto del planeta. Los expertos no se explicaban cómo había podido suceder tal cosa, y ninguna de las teorías que formularon llevó a ninguna parte; el incidente fue considerado simplemente como algo inexplicable hasta por las más brillantes mentes del planeta y aparcado, y con el paso de las semanas y el restablecimiento de la normalidad en las gigantescas urbes los ciudadanos pronto olvidaron lo sucedido. Mientras pudieran estar en sus hogares y no fallara ninguna de las comodidades a las que se habían acostumbrado a lo largo de los últimos 30 años, todo estaba bien.

Pero lo peor aún estaba por llegar, y un mes después, el 13 de diciembre, llegó el Segundo Gran Apagón y los generadores enmudecieron definitivamente.

El Segundo Gran Apagón sorprendió a Aaron Larkin depurando el código del avatar-widget que había diseñado para una importante plataforma de RV lanzada a la Red Global hacía tan solo unos meses por la GWSC (Global Web Social Corporation). La nueva plataforma, bautizada como Real Avatar 3.6.0, estaba destinada a sustituir a la ya caduca pero aún omnipresente Virtual Life X.0 de Virtual Works. Aquél complemento para avatares, en el que llevaba más de seis meses trabajando y que ya estaba casi terminado, no era un widget cualquiera; iba a revolucionar el concepto del avatar en un entorno de Realidad Virtual y a hacerle rico. Muy rico. Con lo que no contaba Aaron era con que su ordenador volviera a apagarse de forma repentina esa fatídica noche del 13 de diciembre, y que así permanecería indefinidamente.

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