dilluns, 16 de gener de 2012

Relato - REGRESO AL PASADO

He matado a treinta y cuatro personas a lo largo de mi vida, aunque es probable que mi intervención en el 3036, como voluntario en las Guerras Corporativas cuando sólo era un chaval, aumente esa cifra sin yo saberlo. En cualquier caso, treinta y cuatro son las vidas que he arrebatado siendo consciente de ello, todas sin motivo aparente, movido por el placer que me produce y por alimentar un sentimiento interior al que yo llamo “realización personal”. Ninguna de las víctimas tenía relación conmigo ni entre ellas, ni las había visto antes de asesinarlas; ni siquiera vivían en el mismo país. Tampoco las he matado siguiendo un patrón; por eso sigo libre después de tantos años. Sólo dejo una postal, comprada para la ocasión, en la escena del crimen; una pequeña pista que por ahora los investigadores no han sabido —o no han podido— utilizar. A ojos del mundo soy un ciudadano ejemplar, sin ficha policial y con un trabajo que pronto será un recuerdo gracias a la jubilación anticipada que está por llegar; soy un hombre gris que no destaca en nada entre millones de otros hombres grises. El disfraz perfecto para alguien como yo.

En estos momentos estoy en mi apartamento, a más de trescientos metros de la superficie terrestre, haciendo la maleta después de los tres años más largos de mi vida. Ni siquiera las magníficas vistas que tengo de la ciudad me hacen olvidar los mil cien días exactos que han pasado desde que la hice por última vez, antes de regresar a casa de mis últimas vacaciones; los mil ciento cinco días que han transcurrido desde que “maté” por última vez. Y todo por la maldita Ley Salomon. Que se aprobara a nivel mundial fue lo peor que me podía pasar, aunque no comprendí los peligros que esa ley entrañaba hasta más tarde. Si hoy estoy aquí, terminando de llenar la maleta, con un billete de vuelo que bien podría ser un vale por un asesinato, es porque tuve suerte.

Aún recuerdo a mi última “víctima”: era un tipo cualquiera, sin ninguna particularidad digna de mención. Lo único que le diferenciaba del resto de personas era el hecho de que yo lo había elegido. Le seguí con discreción durante horas, como hacían algunos depredadores con sus presas cuando aún había animales en libertad recorriendo prados y bosques. Ese día almorcé, merendé y cené con él, desde la distancia, aguardando el momento oportuno. Sólo cuando estuve seguro de que no había testigos, mientras cruzábamos por debajo una de las anchas avenidas de Nueva Saigón, por un estrecho y solitario túnel, me abalancé sobre él, clavando la navaja en su garganta. Pero algo inesperado sucedió. No comprendí al instante qué había pasado; qué había fallado. El hombre me apartó de un empujón y, volviéndose, me observó extrañado. Su rostro no reflejaba dolor, sólo una mezcla de curiosidad y sorpresa, y de su cuello no brotaba ni una sola gota de sangre. Entonces, al ver aquel par de cables chispeantes que asomaban de la herida, fui consciente de mi error, y me acordé de la maldita ley que se había aprobado hacía apenas un año.

La Ley Salomon, más conocida como la Ley de Igualdad Artificial, se promulgó tras las huelgas y revueltas robot que llevaron al mundo a una de las peores crisis globales y cerca del colapso total. Esa ley fue aprobada tras demostrarse que los androides Clase A (y las demás clases fabricadas a partir de ésta) poseían una Inteligencia Emocional que, combinada con su Inteligencia Artificial, les dotaba de cierto libre albedrío y, más importante aún (para algunos), de sentimientos. La nueva ley les convirtió de la noche a la mañana en humanos, y eso les permitió vivir entre nosotros como iguales, sin tener que identificarse. Desde ese día no hubo forma de saber si por la venas de la chica que te servía el capuccino en la cafetería corría sangre o aceite para maquinaria. A menos que la mataras, claro.

Tras apuñalar a la que tenía que convertirse en mi víctima número treinta y cinco, descubrí que los androides no eran tan fáciles de matar. Ante aquella situación, nueva para mí (nunca antes había tenido que enfrentarme a mis víctimas), el factor suerte tomó partido: la Ley Salomon me había inducido al error pero, otra ley, una de las Tres Leyes básicas de la Robótica*, jugó a mi favor; el libre albedrío de aquellos semihumanos, en el fondo, tenía límites. Desguacé al hombre robot sin que él hiciera nada por impedirlo y escapé sin que nadie me viera.

Desde entonces han pasado tres años. Tres años sin matar por miedo a volver a equivocarme, consciente de que la suerte es voluble. Tres años sin tomarme unas vacaciones de verdad, sin viajar, sin comprar postales que dejar junto a los cadáveres de los elegidos. ¿Para qué, si mi único aliciente al viajar era matar? Pero, cuando ya me había resignado a terminar mis días como un hombre gris cualquiera, llegó a mi buzón un flyer 3D anunciando algo sorprendente:

REGRESO AL PASADO
Un regreso a los orígenes; las vacaciones que merece.
Sólo para humanos.
Olvídese de ordenadores, de la TCom, de teclados holográficos, del estrés, de las jaquecas y de las mascarillas antipolución. Viaje al pasado y disfrute del campo, de los bosques, de un buen baño en un lago de aguas cristalinas; del placer de la caza y la pesca; de una gastronomía real.

He terminado de hacer la maleta. Estoy excitado y nervioso, como un niño pequeño la noche antes de Navidad. Me pongo la chaqueta y, de camino a la puerta, recojo la documentación y el sobre con las tres postales que he comprado esta mañana.


*Las Tres Leyes de la Robótica mencionadas en este relato hacen referencia a la obra del maestro Isaac Asimov, al que tanto y tantos le debemos.

Este relato se lo dedico a mis colegas de FdS.

2 comentaris:

  1. ¡Estupendo relato Daniel,sobre todo la ambientación es buena y das un retrato muy vivo de la época en que,supuéstamente está ambientada!La historia llega fácilmente al lector. Además tú narración en primera persona,está gratamente descrita y se "visualiza"de tal manera que,nos hacemos a la idea de que,"viajamos" dentro de el propio personaje.(¿No consigo saber si es un relato terminado o habrá continuación?)Aunque,por la parte final <>Podría darte mucho juego.

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  2. La primera vez que leí esto fue rápido y entendí que era parte de un libro de Isaac Asimov... Y no miento... Es alucinante!

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