dijous, 17 de febrer de 2011

2. Alma



Ella fue la segunda.

Aquella misión en la jungla colombiana la destruyó y la hizo renacer. Nunca más volvería a ser la misma.

Diego Leon Montoya Sánchez. Diego Montoya. Diego Sánchez-Montoya. "Don Diego". "El Señor de la Guerra". "El Ciclista". Todos nombres y apodos del mismo hombre. El hombre por el que ahora avanzaban calados hasta los huesos por la húmeda ciénaga que cubría la ribera oeste del río Magdalena. El hombre por el que el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América ofrecía cinco millones de dólares.
Hacía tres días que habían dejado atrás la ciudad de Barranquilla, así como varias aldeas donde no se habían detenido, y dos que el auto los dejó donde comenzaba un sendero apenas visible que se internaba en la espesura hacia el nordeste. El conductor se despidió de ellos dando la vuelta al coche y observaron en silencio como se alejaba por la carretera que llevaba a Sincelejo.
El sendero que se perfiló vagamente ante ellos se conocía desde principios del siglo veinte como la Ruta de los Tronqueros.
Llevaban varias horas de marcha siguiendo a Pedro, que avanzaba en cabeza, y detrás iban Roberto y Nícolas. Alma iba algo rezagada. Le costaba mantener el paso en aquel ambiente tan húmedo y caluroso. Le faltaba el aire.
Era su primera misión más allá de la frontera mexicana, pero sus compañeros ya tenían experiencia.
Pedro Millano era colombiano y se conocía esa parte de la jungla como la palma de su mano, o eso les había asegurado el agente Graves, que les había puesto en contacto con él. Era el mejor guía que podían encontrar en la província para esa misión. Además, ya había trabajado para la DEA en otras ocasiones.
Roberto Azpeitia y Nícolas Sánchez eran compañeros desde hacía cuatro años, y habían pasado prácticamente enteros los dos últimos en la frontera sur entre Bolivia y Brasil.
-Más vale que te acostumbres -le dijo Nícolas de repente, deteniéndose junto a un gran tronco caído y dirigiéndole una sonrisa sincera -. Si te han mandado aquí quiere decir que los de arriba tienen planes para ti en sudamérica, y más concretamente en junglas como la que estamos cruzando. Siempre que salgas de ésta, claro.
Alma se detuvo a su lado, agradecida por esa pequeña parada por corta que fuera. Miró a Nícolas, le devolvió una sonrisa algo desencajada, y cogiendo aire retomó la marcha.

Alma de la Rosa Vílchis, nacida en Mazatlán, México, era una agente de la DEA desde hacía dos años, pero hasta hacía cuatro meses su función en la Agencia Antidrogas había sido más bien administrativa. Hasta que algo sucedió en Colombia y desapareció sin dejar rastro todo un equipo de agentes encubiertos que trabajaban en la província de Magdalena.
Los últimos informes que llegaron a la central de Mérida, donde Alma estaba asignada, decían que habían logrado situar el escondrijo de "Don Diego" junto al río Magdalena, tres días al sur de Barranquilla, cerca de una aldea casi despoblada llamada Cugotal. Después de ese último comunicado no hubo notícia alguna del equipo. O "Don Diego" o la jungla se los había tragado.
Se esperó el tiempo estándar, dos semanas, antes de crear un nuevo equipo y dar por perdido definitivamente al anterior, junto con la mayor parte del trabajo que éste había desarrollado a lo largo de una operación en que se habían invertido siete meses y casi un millón de dólares americanos. Por fortuna tenían un destino, un punto marcado en un mapa, aunque nada aseguraba que su objetivo siguiera allí. Debían moverse deprisa.
El nuevo equipo debía estar formado por agentes que no hubieran operado antes en Colombia ni establecido ningún contacto con la gente de "El Señor de la Guerra", cosa que limitaba bastante la elección de sus integrantes. Diego Leon Montoya Sánchez, como presunto líder del cártel colombiano Valle del Norte, tenía esbirros por toda Colombia, parte de Venezuela, el norte de México y en gran parte del sur de los USA, a lo largo de la frontera. El cártel Valle del Norte era considerado como una de las organizaciones narcotraficantes más violentas y poderosas de Colombia y, aparte de los muchos grupos armados bajo su mando, también contaba con la ayuda de los grupos paramilitares de la derecha e incluso, en ocasiones, de los rebeldes izquierdistas.
Alma era una opción obvia como componente del equipo. Experta en lucha cuerpo a cuerpo y una de las mejores tiradoras de la central de Mérida. Y lo más importante: no tenía experiencia práctica en operaciones de campo, así que era imposible que la relacionaran con la agencia.
La composición del resto del equipo trajo más de un quebradero de cabeza a los de Operaciones, pero la fortuna acudió a ellos en forma de dos agentes recién vueltos de Bolivia, donde habían completado con éxito una misión que les había mantenido dos años alejados de todo. Eran la elección idónea, y se podría decir que el destino les había devuelto a la agencia en el momento oportuno. A Roberto y Nícolas, los agentes en cuestión, no les agradó la idea de tener que volver a la selva cuando acababan de salir de ella, pero les ofrecieron un trato que no pudieron rechazar.
Diego Leon Montoya Sánchez se había convertido en un grano en el culo para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, y estaban dispuestos a pagarles, a cada uno, un millón de dólares americanos por su captura, además de asegurarles una prejubilación en algún lugar tranquilo de los USA con nuevas identidades cuando regresaran.
Desgraciadamente, jamás llegarían a disfrutar de la recompensa.

La primera noche en la jungla, Alma apenas pudo conciliar el sueño. Demasiados sonidos extraños rodeaban el claro donde se habían detenido para pasar la noche. Sus compañeros, en cambio, dormían como troncos. Les envidió al alba, cuando la despertaron para proseguir la marcha.
Roberto se le acercó mientras Nícolas y Pedro bebían café enlatado un poco más allá. No podían hacer fuego para evitar ser descubiertos, por lo que la DEA les había suministrado una gran cantidad de latas de acción reactiva las cuales, al ser abiertas y entrar en contacto un compuesto químico de su interior con el oxígeno, creaban una reacción que calentaba su contenido al instante. Casi toda la comida que llevaban estaba en latas, al igual que el café que le ofreció Roberto.
-Parece que no hayas dormido nada -dijo él, y se llevó su lata de café a los labios.
-No estoy acostumbrada a todos esos ruidos -respondió ella, seca -. Pero me acostumbraré.
Roberto sonrió, volvió la cabeza hacia los demás y los observó unos segundos como si calculara la distancia que les separaba de ellos y la volvió a mirar.
-¿Quieres que te cuente un secreto? -comenzó, bajando el tono de voz -. Yo nunca me he acostumbrado.
Ella le miró, alzando una ceja.
-Entonces, ¿cómo...?
-Tapones -dijo él, mirando a los demás miembros del grupo por el rabillo del ojo y con una sonrisa pícara cruzándole el rostro.
Alma frunció el ceño.
-Nícolas tiene muy buen oído -se adelantó él. Parecía que le leyera la mente -. Ningún sonido sospechoso le pasa desapercibido, aún dormido. Vigila por los dos -añadió, guiñándole un ojo.
-Por ahora, prefiero intentar acostumbrarme. Si no lo consigo ya me agenciaré unos tapones como los tuyos -dijo ella, disimulando una sonrisa.
Nícolas y Pedro, a unos diez metros de ellos, guardaron las latas vacías y empezaron a cargar con el equipo.
-Una cosa -susurró Roberto al tiempo que se cargaba su mochila a la espalda -guárdame el secreto, ¿okey?
-Okey, pinche guasón. Tu secreto está seguro conmigo -respondió Alma asegurando los bultos que componían su equipo.
Pedro y Nícolas la miraron sorprendidos al verla pasar a su lado, adelantándose a ellos.
-¡En marcha, hijos de una chingada, "Don Diego" no les esperará eternamente! -gritó. El café enlatado podía saber a rayos, pero le había dado fuerzas para seguir adelante un día más.

El olor a muerte les advirtió de que habían llegado a Cugotal. Pedro se cubrió la mitad inferior del rostro con un pañuelo y siguió avanzando sigilosamente. Nícolas y Roberto le imitaron y desenfundaron sus revólveres. Alma desenfundó también, consciente de que los lagrimones que inundaban sus ojos, causados por el ominoso olor acre que flotaba en la jungla, le impedirían usar el arma eficazmente. Pero sentir el pesado trozo de acero entre las manos le daba seguridad.
La aldea, si es que se podía denominar así a aquel grupo de casuchas hechas con ramas, hojas y barro, olía como el peor de los vertederos, y su aspecto era mucho peor. Alguien, posiblemente la guerrilla o un grupo de mercenarios contratados por algunos de los cárteles colombianos, había aniquilado a todos sus habitantes. Cuerpos de mujeres, niños, hombres y ancianos yacían descomponiéndose o siendo devorados por las alimañas allí donde habían caído.
Tras un rápido exámen de los cuerpos más cercanos, se percataron de que las heridas letales que presentaban no habían sido hechas con armas de ningún tipo. Parecían mordiscos, y en la mayoría de los cuerpos trozos de carne habían sido arrancados. Roberto observó más detenidamente una de las marcas durante un minuto y se volvió hacia ellos. Su rostro había perdido todo rastro de color y estaba extremadamente pálido.
-Son mordiscos... -confirmó con voz débil, mirando de nuevo las marcas que cubrían buena parte del cuerpo de un aldeano -, son mordicos humanos.
Alma no aguantó más y vomitó a un lado, sujetando el revólver contra las costillas.
Pedro se santiguó y retrocedió unos pasos, observando incrédulo el dantesco espectáculo que se presentaba ante ellos.
-No sabía que hubiera indígenas caníbales en éste país -dijo Nícolas, avanzando tranquilamente entre los cadáveres. Parecía que nada podía perturbar a aquél hombre.
-No los hay -dijo Pedro, sudando copiosamente -. Hay que irse, amigos. Hay que volver a la ciudad.
Roberto y Alma se incorporaron y apartaron la vista de los cuerpos, visiblemente afectados. Nícolas se detuvo junto a una casucha y observó a sus tres compañeros, que permanecían en la imperceptible linea que separaba la aldea de la jungla.
-¡Hay que irse! -gritó Pedro, y empezó a retroceder hacia la espesura.
-Aguarda -dijo Roberto, en un susurro. Se aclaró la garganta y añadió: -No podemos irnos ahora. Tene...
-¡¿Qué no?! ¡Yo me voy! -le interrumpió el guía y, dándose la vuelta, salió disparado hacia el oeste, huyendo de aquel lugar de muerte.
Alma y Roberto se miraron, perplejos.
Nícolas cruzó entre ellos a la carrera y desapareció detrás de Pedro, que se alejaba gritando algo que no comprendían.
-Sin él no saldremos de aquí -susurró Roberto, señalando lo obvio, y se lanzó detrás de los otros dos hombres. Alma los siguió, maldiciendo.

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